Microrrelatos

                                                     


Y ENTONCES AMADEUS LLORÓ


Año 2027. En una metrópoli cualquiera.

      Amadeus lloró. Lloró al nacer en una época en que las amistades se forjaban por medio de redes, y porque en dichas redes la correspondencia equivalía a un «te escojo en mi equipo» de los de antes. Y entonces Amadeus lloró. Lloró porque dicha creencia lo empujó a hacer trizas su autoestima. Lloró dada la ausencia de retroalimentación. Lloró porque su frágil persona cruzaba la pantalla cual fantasma desenfocado. Con el transcurso de los años, Amadeus quiso advertir a sus hijos del peligro que ello entrañaba, cuyo resultado no era otro que acechar a cuantas almas devenían presas de la vulnerabilidad. Pero para entonces se habían inventado nuevas formas de relacionarse.
      Y así transcurrió la vida. Y fue entonces cuando Amadeus comprendió que aquello que no mata hace más fuerte.




TSUNAMI

Me buscan, es la hora. No he abierto la boca, sin embargo, aquí estoy, embriagado hasta las orejas. ¿Me habéis preguntado primero? negativo, lo creen improbable. Empezamos bien, sujeto a hipótesis que otros postulan. Y esa palabra, cómo es, libertad, descuidáis su significado. La busco en mi memoria genética, aquí, en el genoma. Entonces confirmo mis dudas: no existe; el inicio desmiente la realidad. Resignado, me presto a seguir lo empezado, no tengo otra salida, solo ésta, oscura, pequeña. Es curioso, cuando me decido, parece crecer. Quizá sea todo así, una vez convencido, dispuesto a abrirme camino, el miedo se torne juicio. Bien, ahí voy. Me compelen. Mi casa se desploma, llega el tsunami. De acuerdo, ya me callo; he de olvidar lo aprendido. Por decreto, mis células obedecen, implacables. ¡Qué retroceso! «Borrando información, tres, dos…». Pierdo la voz. Gritos, el túnel…

  Enhorabuena, es un niño precioso.



                                                             (Martínez, M. Antología Historias del Dragón. Editorial Kelonia. Diciembre de 2013). 





EL MOLDE


  —Tu santa costumbre de taparte la cara, la cual me impedía besarte, empezaba a fastidiarme más de la cuenta. Por eso hoy es un gran día. ¡Por fin te quitaste ese trozo de plástico que impedía tu piel!
  —No cantes victoria, amado mío, porque me haya quitado la máscara, o este trozo de plástico como tú lo llamas —repuso ella con una tranquilidad inmediata—, pues debajo tengo otra, y luego otra, y otra... Son muchos años ya para sucumbir a la tentación del engaño. Demasiados para obviar que no soy ni un atisbo de lo que hubiera jurado ser.
  —¿Acaso crees que eso importa? ¿Crees que tus miedos son mis miedos? En lo que a mí concierne, me conformo con tenerte cerca, pero entenderás que quiera besarte también, mi agridulce y misteriosa princesa —y con su última frase, ella moduló una carcajada en tanto moldeaba una perfecta sonrisa.
  —Eso es lo que más me gusta de ti —prosiguió socarrona—, nunca te das por vencido, eres algo así como un iceberg que se cree indestructible pese a albergar en su fuero interno la misma debilidad que todo cuanto lo rodea.
  No pronunció palabra. La asió por la cintura y depositó un beso en sus labios. Y con el beso, enmendaron las diferencias que los hubo llevado a estar juntos tanto tiempo.
  —Así me gustas más —concluyó él.
  —Veamos si resiste el hielo —rebatió ella.
 —Tranquila, mientras tú te creías muy lista salvaguardándote de nuestro amor, provista de esa estúpida máscara, yo construí un molde que alberga nuestros cuerpos. Se trata de congelar el ambiente de vez en cuando, algo que a ti se te da muy bien.



¡QUÉ FELICIDAD LA MÍA!


  –En contestación a su nueva aunque previsible demanda le dije: "Quizá el amor lo pueda todo, pero la enfermedad mental es una férrea contrincante. Y terminé con un: "Miedo me das...".
  
  Mi pequeña traviesa, ese gusto que tienes de andarte tanto por la ramas, de anudar nudos que sufren de ansiedad, de enredarte en amoríos con un profiláctico matacorazones...; de jugártela después a una carta porque, claro, tanto mareo te lleva más tarde o más temprano a caer en el impulso de algo que afirmas repudiar. 
 
  –¿Que las impulsivas no dudan? Yo diría que lo hacen más, fíjese. Y así se lo hice saber.
  
  Ese vicio, traviesa mía, te pertenece enteramente a ti, nada tiene que ver conmigo. Así que tus ataques póstumos de nervios no me apetecen, no ya, menos ese adagio último: "perdóname, por favor, todavía te quiero". Aun estando seguro de cuanto te digo, y juzgándome preparado para rechazarte, creo no merecer más confusiones por tu parte. ¡Ay mi eterna y dulce, y pequeña y traviesa mía! Yo sí que te quiero y te amo todavía, de eso estoy perdidamente seguro; y no es que esté perdidamente seguro de que te amo y te quiero todavía, simplemente te quiero y te amo, sin el todavía; no puede ser de otro modo, puesto que nunca he dejado de hacerlo. Pero vives tan confundida... que con quererte no basta. 

  Tú bien sabes que si por mí fuera te pondría un monumento al delirio consumado y otro a la pasión, el problema aquí es que no durarían mucho, pues los derribas en un santiamén; y, cómo entenderás, no voy a pegarme semejante paliza de trabajo para que luego me vengas llorando, histérica, y más e indudablemente confundida si cabe, y me mandes, junto con el monumento, a freír espárragos trigueros, como has hecho otras tantas veces, esos que tanto te gustan, aliñados con salsa de almendras. Te quiero casi tanto como me quiero a mí, pequeña y traviesa mía, pero estás muy mal de la cabeza, mucho, punto importante a tener en cuenta, primordial, diría yo, pese a hallarse dentro del primor que me pierde; y mientras antes lo aceptemos mejor. 
 
  –Hasta aquí, no dudé. Piense que si seguíamos así, habríamos pasado de ser una loca a dos locos, y entonces ya no hubiera habido sensatez que nos frenara. "¿Acaso es ése tu cometido?", me dijo. "Miedo me das...", dije yo. Y miedo me dio.

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