Poesías

XIII: No soy tu amiga, soy yo, sólo que no te das cuenta

Existe en ti, como en mí,
cierta tendencia a equivocarte,
a enfrentarte a muros
que jamás derribas,
no al menos en tu admirable causa
que se forja en la penumbra
(«no hay más ciego que el que no quiere ver»),
porque en la penumbra estás sola;
y dolor el mío cuando
te dejo intentarlo una y otra vez.
Dolor el mío porque sé
que no debo pararte,
porque aprendí que libre es el tropiezo
libre y voluntario
como tu coraje desmedido.
¡Cómo olvidarte!...
si por más que me esfuerzo
en restarle importancia,
alimentas sin veleidad este alma que florece,
a tu lado.
Intensa es mi lucha de seguirte,
intensa mi sangre.
Y empero a tu ceguera, aquí sigo
a modo de consuelo, intuyo.
Agarrado a la esperanza de que
un día sepas verme.
Soy uno más de tus tropiezos
en los que pareces obcecarte,
pero aprendí a borrar equivocaciones de mi piel.
Es por eso que no me reconoces.
Mas no tengo prisa,
aunque duele tanto como alienta.
Sé que pronto me verás por dentro,
como ves mi sonrisa ahora y la compartes.
Tiemblas.

Ya no me miras, lo has entendido, ahora te beso...



XXX: Y el caso es que nunca había amado tanto

Te amo como se ama en el teatro, 
a sabiendas de que no va a suceder. 
En mi imaginación vuelas libre, 
acompasada entre caprichos con cien ojos abiertos. 
Mi mente a tu lado 
es ese estado al que tildan de ensoñación 
(aunque es tanto lo que yo te amo
que prefiero hablar de devoción).
Te amo ataviado en color vino, 
con ojos inyectados en sangre, 
perdidos en tu oscura melena, 
oscura como ciertos momentos, 
vagabundos de historias incompletas
que se forjan en la penumbra. 
Y así es como debe ser, muñeca,
pues de otro modo
el cual ignoro,
perderían la poca verdad que les queda
(y yo ya ando suficiente en desacuerdo).
Te amo sin más, 
y ahora que te amo tanto, 
soy consciente, más que nunca, 
de que tu amistad es la más grande de mis victorias. 
Por lo mismo ni debe ni quiero que termine. 
Contigo sueño bailando separados, 
bebiendo sin prisas en un banco, 
mientras te hablo y dibujas arcos en tus labios.
Ahora que te amo tanto, 
distingo esta falta de interés por tocarte con las manos. 
Mas quiero acariciar tu piel con mi mirada, 
a cambio sólo te pido una sonrisa
(y si es sumida en carcajadas, mejor). 
Te amo así, de una forma tan modesta como pretenciosa,
la cual deseo que no termine nunca. 
Te amo entre sorbos de rioja, 
y diámetros de estrellas extasiadas por la luna. 
Como te amo tanto, 
te elijo entre todas las elecciones
para averiguar juntos cómo cae la noche.
No me interesa dormir, 
prefiero deleitarme mientras te observo.
Luego, si me lo permites, 
es tanta la gracia que desprende tu persona en mi intuición,
que mataría por cincelar versos en tu cuerpo.
Por lo mismo te escribo ahora, 
pues sólo quería dejar claro que: es así como yo te amo.
(Y el caso es que nunca había amado tanto).


XXII: Discusión de enamorados por falta de medicación

Confróntame cuando sea verdad.
¡Linda obsesión la tuya!
Por lo mismo, a bien tendrás que reclute tus mentiras.
Criticas por vicio, mi amor, pero mejor me callo.
Ten en cuenta que si esto sale rana
tendré que desquitarme con otra,
y entonces tu cólera será con razón,
que no ahora.
Mujer, que el hambre se sacia comiendo.
Déjate de dramas sin guion ni cartelera, ¿quieres?
que aquí no ha pasado nada
(por no pasar, no pasa ni el tiempo en esta discusión que me agota).
–¡Un arquetipo de Don Juan es lo que eres! –me sueltas–,
así, de repente, y sin venir a cuento.
¡Para Santa mi paciencia!
«Y yo sin ponerte los cuernos…», me digo.
–Mejor revísate ese ojo clínico del que tanto te vanaglorias,
que el orgullo empieza a capearte,
y no al revés –te suelto yo, por soltarte algo.
Porque entender, no entiendo nada.
Me voy a construir un monumento
si no me construye él antes a mí.
Que para tan brillante mente de la que presumes
–me rindo ante tu capacidad resolutiva–,
notable tu enganche al jaque mate sin fricción.
Gran desperdicio el tuyo.
Mis sentimientos son reales,
aunque de nada sirvan, visto lo visto.
Disculpe usted a este intento de romántico,
«perfección» donde las haya.
¿Y si te dejas de elucubrar y me sientes?
Que yo sepa, ni soy paciente ni don Juan.
¡Bendita cátedra de psicología la tuya!
A estas alturas
tus reproches mes lo pongo por bufanda;
pues después de seis años apelando
y un doctorado en leyes ciudadanas
creo tener algún derecho para contigo.
Y de arañarme ni lo sueñes,
¡hasta ahí podríamos llegar!,
de princesa a gata en celo.
Todavía tengo el disfraz del buen amante,
ése que me obligas a quitarme a diario.
Porque si te digo que te quiero, miento,
si me lo callo, no te quiero, y adiós carné de príncipe azul.
(sí, aquel que me asignaste cuando tenías sentido del humor).
Si juro que tu amiga no me gusta, también miento.
Por lo visto, se me cierra y abre la comisura de los labios
de no sé qué modo,
pero un modo que según tú no hace más que delatarme.
Si no me arreglo, no me preocupa gustarte,
si me arreglo, he conocido a otra.
En serio, ¿no te cansas?
Para obra maestra la de Dios
¡ni Bach ni ostras en vinagre!
Pues ni el más brillante de los físicos,
por más especialidad que tenga,
descifra tus partículas sin morir en el intento.
Mira, princesa, como ya no sé qué más decirte
mejor lo dejamos por hoy.
–Si eso ya seguimos mañana, ¿te parece?
–Mientes, ¿por eso evitas la conversación?  
«¿¡Ah, pero que a este sinsentido que sólo entiendes tú
se le conoce como conversación?!», me pregunto.
Definitivamente te equivocaste de especialidad, mi reina.
Lo tuyo hubiesen sido las causas sin justicia
y lo mío los diagnósticos sin receta.
–Curioso, ¿nos cambiamos las carreras? –te replico, pensado en voz alta.
–¡Me agotas! –continúas, clavando tu mirada en la mía.
–¿Perdón? –me defiendo.
Y lo peor es que, aun sin medicación, será que te sigo amando.



XXXI: La foto es de esta mañana


Entre mis impertinencias 
cantar a las cuatro de la madrugada 
aquella canción que me dedicabas. 
Sacar la basura en bragas, y caminar descalza, 
y desnuda, 
hasta llegar al arrecife de algas 
-donde me besabas, enfrente de casa-.
Sé que estas curiosas costumbres molestan a los vecinos,
pero sabes qué pienso: que tanto me da;
más molesta tu ausencia 
y ninguno ha llamado a la puerta para saber cómo estoy.
Tanto cariño que decían tenernos... 
¡Y un cuerno! qué les den, uno a uno
-y si es por turnos tanto mejor-.
Por lo mismo, pienso seguir con mis santas manías.
De hecho,estoy a un paso de ritualizarlas;
solo falta ultimar fecha para el bautismo 
y buscarles nombre y apellidos
-me recuerdan que sigo viva, ¿sabes?-.
Será una ceremonia simbólica;
pues según palabras de don José,
«no puedes, ni debes, acristianar a semejante masa incorpórea, hija mía, 
la cual no existe más allá de tu ilusión».
Con ello, me recomienda reposo y mucha oración,
sobre todo de lo último.
La verdad, desconozco quien está más pirado de los dos,
aunque, a decir verdad, me trae sin cuidado.
Estoy perdiendo la cabeza, lo sé,
pero quédate tranquilo que no es por ti, es por mí,
lo cierto es que dudo haberla tenido nunca donde se entiende que debe estar,
que, sinceramente, no sé cuál ignoto lugar es ése.
Bien, me despido ya. Te amo.
Nunca he dejado de hacerlo, 
y siempre he carecido de orgullo para callarlo.
El reloj marca las 8,
hora de tirar la basura.



III: La hora

Quedemos a esa hora en que la vergüenza ya no existe,
y las penas se cansaron de dar pena,
Donde el ayer se disfraza de mañana.
Quedemos a esa hora en que ni tú pretendes ser otra,
ni yo me esfuerzo en entenderme.
Quedemos donde no importa la hora,
donde la ropa da calor.
A esa en que el miedo se rompe con tres copas,
y los minutos desisten cuando llega la hora.
Quedemos a esa hora.
A esa en que ya no hay tiempo para pensarlo demasiado.
Quedemos cuando las dudas parecen tenerlo claro,
y el engaño pierde el tiempo en medio de un atasco.
En la que soñaste que sucedía y yo te daba la razón.
Quedemos donde finges llegar tarde,
donde la excusa ya no importa.
A esa en que sólo quedarías a esa hora.
Sé que existen muchas, pero, si gustas, quedamos a esa hora.


XXVII: Si es que no valoras nada (o yo me cierro a lo evidente)

Te bajo la luna
y me la tiras a la cara.
A ver, vida mía,
puedo entender
tus neuras,
que comas palomitas
untadas en mermelada,
que de repente
me bañes a besos,
y que, sin sucederse
nada relevante,
en una fracción
de tiempo
me escudriñes
inyectada en cólera,
en un tono que
roza lo desafiante
(así, sin más, de un momento a otro).
Pero, mujer,
que te baje la luna
y me la tires a la cara.
Pues, no sé,
me invita a pensar
que nada sacia
tu curiosidad,
que, por más que me esfuerce,
el roto de tu alma
escapa a mis detalles,
como el agua al colador.
A ver, mi amor,
qué quieres que te diga;
puedo alistarme
en tus cambios de humor,
sondear tus manías
y diferenciar
afectos subliminales
(aun cuando otro, a lo poco, vería esquivez);
incluso
puedo dejar
que me eches de la cama
cuando,
según tú,
robo parte de tu almohada.
Pero, cariño,
que te baje la luna
y me la tires a la cara…
XXIV: Entiende que mis caricias sólo existen en tu piel

Mi cielo durmiente, 
desde hace veinte días 
tienes por costumbre 
acudir al parque por las tardes, 
sobre todo las de viento.
Que tienes que aclarar ideas,
que alguien parece cortarte las alas.
No entiendo una palabra de lo que dices,
sin embargo, se te ve muy segura.
Lo respeto.
Yo insisto en acompañarte,
tú en rechazar la oferta.
Al final voy a pensar que
hablas de mí cuando mencionas al que corta,
y a tu espacio cuando aludes a las alas.
Dime, mi vida, ¿tan libre es tu alma?

Mi compromiso es férreo, en cambio,
empiezo a creer que lo tuyo
se llama capricho en vez de amor;
¿quizá confusión?
Ojalá, mi eterno cielo, ojalá solo sea eso
una sana e inteligible confusión;
porque, si eso fuera, con un par de capas de pintura...
Si quieres la cambio de color,
le quito las humedades,
y tapo roturas pasadas con masilla.
Lo que miedo me da
(y miedo se queda corto porque me paraliza hasta la lengua cuando reparo en ello),
es que ya no me quieras
¿no es eso verdad?
Dime que no es verdad, mi cielo.

Si de lo segundo se tratase,
prometo comprar una carta
con toda gama de colores.
Mira que si me pides que te baje la Luna yo te la bajo,
que aunque suene pedante,
o demasiado romántico,
juro por lo que más quiero
(y ahora mismo no se me ocurre otra persona que tú ocupando ese lugar)
que, de ser menester,
me avengo con un ingeniero,
empezamos a trazar planos
y averiguamos cómo hacerlo.
Torres más altas han caído, y otras tantas se han repuesto.
Por ahora, mi vida,
tú sigue yendo al parque,
que yo voy preparando la carta
y le escribo al ingeniero.

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