Relatos


El pomo de la puerta



             El recepcionista nos escrutó con la mirada como si estuviese esperándonos. Lo sé, siempre se espera a los clientes, sin embargo, su mirada era distinta, ya lo creo que lo era. Una mirada similar a cuando te hallas absorto en una novela, en un parque, el día se presta soleado, una temperatura a pedir de boca aclimata el lugar. Tal es así que olvidas que tu novia llega tarde, como siempre, y es durante esa espera cuando dejas de estar en el parque, sentando en un banco, y ya ni tan siquiera esperas a tu novia. Ahora te encuentras sumido entre las páginas de un libro que te introducen en el misterio a antojo de su autor. Es entonces, en tanto te conviertes en el actor principal de la trama, cuando la voz de tu chica te destierra de tan convulso ensueño. «Perdona, Dani, el tráfico es espeso a estas horas».
           Bien pensado, tampoco tenía nada de especial la mirada del recepcionista. Más bien sospecho que Marta empieza a contagiarme sus disparatadas manías.

*

Dejando a un lado un catálogo que debía de servirle de entretenimiento a esa hora apenas ruidosa —pasaba la media noche cuando por fin llegamos al hotel— el susodicho alzó la mirada, casi somnolienta, y dibujó su mejor sonrisa.
—Buenas noches, ¿tienen reserva los señores?
—Así es, a nombre de Daniel Ramírez.
Sin mayor dilación por su parte, buscó el nombre en la pantalla del ordenador. Se antojaba automático, rápido chequeo al aparato y, seguidamente, un inquietante repaso a mi persona. Desconozco si Daniel, siempre tan confiado, se percató de sus formas, pero el misterioso personaje nos recibía con un incómodo silencio, mirada de perturbado, y con el rostro visiblemente desencajado. Alto, delgado, ataviado con unas enormes gafas de ver, y una meticulosa raya al lado sobrante de brillantina. «¿Por qué me mira así?», recuerdo haberme preguntado una vez seguida de otra. No me gustaba lo más mínimo. Su extraño aspecto, la carencia de personas pululando alrededor, y el eco de los muebles sin más ruido que el de nuestra respiración, me crispaban, a marchas forzadas, pese a mi evidente agotamiento. «Cuando estemos en la habitación se lo comentaré. No, mejor no, o me dirá que son tonterías mías. Que si la gente me mira raro, que ése de ahí nos observa... Mañana será otro día. Sí, será lo mejor».
—La 6106. Tengan una grata estancia —nos deseó, haciéndonos entrega de las llaves.
Como es para mí un deber, fraccioné la combinación numérica a un solo dígito. En este caso, a dos.
—¡13! —exclamé, en medio del silencio que empezaba a atenazar mi mente.
—¿13 qué? ¡Cielo santo, no me lo puedo creer! Ya va siendo hora de que olvides esas extrañeces, como tú las llamas, y se las concedas a quienes tienen edad para ello, ¿no crees?
—¿No te has dado cuenta de cómo nos miraba? —Quise decirle directamente «de cómo me miraba», pero lo juzgué un dato demasiado engreído para iniciar mi acusación. Y con ello, mi rápida promesa de «mañana será otro día» se desvaneció de un plumazo.
—¿A qué te refieres? —me cuestionó cansado, y no precisamente por falta de sueño.
—Ese hombre... —hice una pausa antes de seguir con mi discurso sin tapujos, excusándome con un: «qué diablos, es mi novio»— nos ha mirado como si estuviera esperándonos.
—¿Y? Está en recepción para recibir a los clientes. ¡Marta, por Dios!
Las puertas del ascensor cedieron ni bien Daniel pronunció la última palabra. Sexta planta, la última. Cuando el pasillo se abrió paso frente a nosotros, solté un alarido imposible de amortiguar.
—Discúlpenme, es costumbre del hotel mostrar la habitación a nuestros huéspedes. Ruego me perdonen, pero me disponía a comprobar los pasillos. Bien, los acompañaré hasta su cuarto.
La expectación por acudir a nuestro encuentro, su gabardina roja con botones dorados, la amplia sonrisa, la cual se me antojaba maquiavélica, y sus ojos estúpidamente abiertos, prometían ser el Ingrediente Final para que no pegase ojo en toda la noche.
—6106 —indicó—. Calefacción sincronizada con el cierre de la puerta, cama de 2x2, bañera de hidromasaje, salón con escritorio… ¿Les resulta de su agrado?
—Es perfecta correspondió Daniel, y extrajo diez dólares de su bolsillo.
—Que pasen buena noche los señores —y mirándome una vez más de ese modo tan odioso, amplió todavía más su inusitada sonrisa—. Que descanse, señorita García.
Tras abandonar el cuarto, conté más de cien pulsaciones por minuto. Tanto fue así que el corazón amenazaba con salirse del pecho. Seguidamente, exhalé una generosa cantidad de aire y me pronuncié; a buen seguro, Daniel esperaba que lo hiciera.
—Ese hombre me ha dado un susto de muerte. Cuando se ha abierto la puerta, casi me caigo de culo.  ¿Por qué me ha dicho que descanse?
—No le has dirigido la palabra desde que hemos llegado, solo trataba de ser cortés contigo. Esta habitación es fantástica… —dijo cambiando de tercio, sin hacerme el menor caso, extasiado por cuantos lujos nos rodeaban.
—Aquí pasa algo raro. ¿Desde cuándo los botones son también recepcionistas? ¿Y qué hacía vigilando el pasillo? Luego, solo disponen de seis habitaciones en esta planta, y la nuestra es la única que está ocupada.
—Ajá, ¿y cómo lo sabes? ¿Acaso ahora puedes ver a través de las paredes?
—Me he fijado en que las llaves de las otras cinco estaban en el casillero de recepción. Pero, dime, ¿qué hacía en el pasillo? ¿Por qué no ha subido con nosotros? Y lo que es más, ¿cómo diablos ha llegado tan rápido?
—¡Estas vistas de Nueva York son alucinantes! espetó desde la terraza—. Cariño, debe de ser el jet lag. Vamos a descansar, ¿quieres? Seguro que mañana lo ves todo de otra manera.
Dándome por vencida, dejé de pensar en voz alta, tampoco quería aguar la fiesta a Daniel, que contemplaba la habitación con el entusiasmo de un chiquillo. El hotel se encontraba a las afueras de la ciudad. De no ser un cuatro estrellas, lo hubiera descrito como un motel de carretera, de los que el cartel neón se enciende y apaga de forma intermitente, un lugar suspicazmente tenebroso.
Era un regalo de Navidad por motivo de nuestro quinto aniversario. Me sorprendió a solo tres días de tomar el vuelo. Daniel y yo rumbo a la ciudad de la Libertad, mi sueño de quinceañera, no podía ser mejor. Sin embargo, la ilusión se turbó la noche antes de volar cuando sufrí una pesadilla horrible, horrible e inquietantemente real. Cielos, qué escena más violenta. Lo cierto es que prefiero dejar de pensar en ella.
Poco rato después, Daniel ya respiraba profundamente, mientras que yo observaba el techo ayudándome de la tenue claridad que se tamizaba a través de las cortinas. Aun siendo de madrugada, el fulgor de las farolas, junto con la luminaria, circundaba la habitación con destellos de color plata. Miré la hora en el móvil. «Las 3 y 33. ¡Mierda!». Hora satánica por excelencia, propicia para la visita del maligno, mitad de 666. Me cubrí con la manta hasta la altura de las orejas, como intentando protegerme de un fantasma, como tantas veces hiciera de pequeña. De pronto, un ruido que provenía del aseo me hizo dar un respingo. Primero sutil, hasta aumentar en un leve estallido, se asemejaba al crepitar del agua cayendo a borbotones en un lavamanos. Me agazapé entre las sábanas, quise abrazar a Daniel, acurrucarme a él, pero me contuve a fin de evitar despertarlo. Aun y así, el sonido persistía, y con éste, la manta dejó de protegerme. Medité el acercarme poco a poco, franquear la puerta y apagar lo que debía de tratarse de un grifo en mal estado, pero el miedo me paralizaba. Entonces el agua hizo su inoportuno efecto: iba a mearme encima de no acudir al aseo cuanto antes. Ya no disponía de más opciones, o me enfrentaba a lo que fuera que estaba sucediendo, o mojaba la cama como retornando a mi infancia. «Quizá funcione con sensor y se ha activado», intenté convencerme. Sin tiempo para elucubrar al respecto, me puse en pie, y avancé despacio por la moqueta verde. Daniel continuaba en su dulce sueño neoyorquino, ajeno a mis locuras, como él las habría llamado. Abrí la puerta con lentitud; la luz debía de estar en uno de los costados. ¡Bingo! Ni un alma en el interior, tampoco podía ser de otro modo. Me senté en la taza del váter, al tiempo que comprobaba que no había nada extraño, excepto un pequeño detalle: el grifo permanecía apagado, era manual e imperaba el más absoluto silencio a lo ancho y largo de las cuatro paredes. En un acto reflejo, fijé la mirada en la bañera, al lado de ésta, una pequeña puerta metálica. Desconozco por qué extraña razón mi agitado pestañeo se desvió al pomo de la misma, a la vez que, por una razón todavía más extraña, algo me instaba a sacarlo. Sin reconocerme, me vi envalentonada, dispuesta a formar parte de una trama en la que la protagonista se desplaza en solitario hasta la escena del crimen. Lo así con una mano y con la otra empujé, en un intento de dejar manco aquel trozo de metal de aspecto oxidado. Apenas cuatro o cinco intentos hasta que cedió. Para mi sorpresa, el cuarto contiguo quedó al descubierto. Con todo, faltaba lo más difícil, asomarme evitando que mi mente ilustrase barbaridades del tipo alguien encañonándome o un alfiler clavado sin piedad en una de mis pupilas. Desde una distancia que estimé prudente, oteé el cuarto agazapada junto al orificio. Me alcanzó para adivinar un amplio espacio, otra habitación, en apariencia amueblada como la nuestra, pues la cerradura no dio para tanto. De súbito, escuché un crujido cerca de mí. Me aparté al vuelo, por temor a ser descubierta. Transcurridos unos segundos, dispuesta a asomarme de nuevo, se pronunció.
—¿Señorita García? 
A un paso estuve de caer de bruces al suelo. Si bien en esta ocasión pude contener el grito.
—Discúlpeme si la he despertado, tenemos que insonorizar mejor las paredes.
Enmudecí de golpe, mi reacción fue la de ignorar cualesquiera de sus palabras. Yo no estaba allí, yo no me había levantado de la cama. De inmediato, así el pomo con la idea de devolverlo a su lugar, esforzándome en hacer el menor ruido posible, desprovista, no obstante, de la más ínfima sensación de sosiego. Fue entonces cuando me interceptaron sus ojos. En esta ocasión fui incapaz de contener mi voz, el fragor de mis cuerdas vocales tomó impulso hasta delatarme de forma inoportuna. Me alcanzó para advertir que sus pisadas se alejaban. Lo enrosqué con celeridad, deseosa de hallarme lo más lejos posible de su persona. Automáticamente, deshice el corto camino hasta la cama.
¡Maldición! ¿Dónde demonios estaba Daniel? Las sábanas, ajadas, descansaban hechas un amasijo junto con la manta sobre el colchón de 2x2, y la poca serenidad que me restaba se desvaneció de golpe. Lo busqué en el salón, en la terraza. Bramé su nombre a media voz, aún tenía el absurdo convencimiento de pasar por invisible, de no haber formado nunca parte de tan siniestro reducto.
—Daniel, por favor…
Regresé a la terraza, y entornando los ojos, me asomé a fin de avistar la acera principal. Mi cabeza y mi razón funcionaban por separado, pues todo me hubo parecido un sinsentido desde que pusimos un pie en el lujo del cuatro estrellas. Para mi suerte, no había ningún cuerpo impactado, la sangre de mi sueño seguía sin cobrarse vidas, por el momento. Cogí aire. La puerta de entrada se abrió, y ya no pude hacer nada. La altura era excesiva para ejecutar un salto victorioso, y, por mucho que se me antojara una película, yo no era especialista de escenas arriesgadas, ni había escalado una sola pared en toda mi vida. 
Era él, con la misma gabardina roja, guantes blancos y, sobre todo, con aquella mirada... El conjunto resultaba aterrador.
—¿Dónde está mi novio? —fue lo único que acerté a decir, y lo hice sumida en pánico.
Acto seguido, enfoqué la mirada en su mano. Portaba un objeto metálico, puntiagudo. Recé para que desapareciese de mi campo visual, pero fue imposible, su imagen era tan real como la de un novio que acababa de desaparecer de forma inopinada e inexplicable.
—Lamento no poder contestar su pregunta, señorita García.
La habitación, que a nuestra llegada me resultó ridículamente grande para dos personas, se redujo a un espacio minúsculo, carente de cualquier escapatoria. Una escapatoria con que poder protegerme. Di un paso atrás. No sabía qué hacer, hacia dónde caminar, si gritar, si darme por vencida, o si cerrar y abrir los ojos para comprobar si de ese modo despertaba de un mal sueño. Ni tan siquiera sabía si estábamos solos en aquel tenebroso hotel, que, por momentos, hurtaba mi tan necesaria tranquilidad.
El botones permanecía parado junto al quicio de la puerta, sin pestañear, con el objeto punzante entre las manos y el rostro sudoroso e implacable.
—Señorita, lamento mucho lo ocurrido —adujo. Seguidamente, se acercó a mí, solo fueron dos pasos, suficientes para perder lo poco que me restaba de cordura.
—Aléjese, aléjese o le juro que...
—De veras, lamento muchísimo lo ocurrido. No era mi intención que se diese esta situación.
—¿Dónde está Daniel? exigí.
Y con mi pregunta, lo vi cruzar la puerta.
—¿Qué está pasando aquí?
—¡Daniel! ¿Dónde estabas?
—He bajado a recepción porque, usted dijo atravesando con la mirada al botones—, no contestaba al teléfono.
—Discúlpeme, señor, me encontraba en la habitación de al lado arreglando el pomo de la puerta se defendió, mostrando el objeto punzante, el cual no era sino un destornillador—. ¿Qué necesita el señor?
—La calefacción se ha disparado.
—¿La calefacción…? ¿Y no te ha extrañado no verme en la cama? intervine en tono de réplica. Daniel enmudeció.
El botones me miraba, yo miraba al botones, en tanto que Daniel nos observaba a ambos a intervalos.
«Quizá sea verdad, tal vez veo fantasmas donde no los hay y este hombre únicamente es un tanto peculiar», medité.
—¿Y tú dónde estabas? —me increpó Daniel de pronto.
—En el baño, me desperté porque... —preferí omitir el agua, el ruido, el pomo, todo—. ¿Acaso no has visto la luz encendida?
—Claro que no la he visto, la puerta estaba cerrada su expresión era escéptica.
«Tengo que dejar de creer en novias que intentan seducirme y sellar el pomo hoy mismo, de lo contrario, terminarán por descubrirme».
«¿De veras he creído que estaba con el botones dándose un revolcón? ¡Cielos! ¡Consigue volverme paranoico!».
—Parece que la calefacción ya funciona correctamente. De modo que, si nos disculpa.
—Por favor. Ante cualquier urgencia, no duden en llamarme. Que descansen los señores.

                                                                                                  (Marzo de 2013, para Taller de letras, en Blogger).


Yo, el excelentísimo alcalde de Tordesillas






            La falta de descanso sumaba diez noches. Dudas y escasez de ideas para sacar adelante a mi pueblo se apoderaban de mi calma. En las últimas elecciones, les prome salir de la pobreza en que estamos inmersos y, a su vez, disminuir la escalofriante cantidad de impuestos que pagamos incompatibles a nuestro, cada a, más bajo nivel de vida. Como excelentísimo alcalde de Tordesillas, elegido de forma democrática por segundo año electoral consecutivo, me debía a mis votantes.
La onceava mañana de insomnio, me dispuse, en mi modesto despacho desprovisto de grandes lujos, pues es Tordesillas un pueblo pequeño de la España profunda, revisar las cuentas anuales de gastos e ingresos en las que, mucho me tea, iban a deslumbrar los números rojos. A fue. Pagos y más pagos por parte de mis ya casi desahuciados convecinos y que, sin embargo, el ayuntamiento necesitaba como agua de mayo. Las arcas públicas pedían dinero a gritos, sufrían sed de recaudación. La iglesia, por su parte, siempre tan educada y comprometida con el bien de todos, reclamaba, sin excepción, su talón a principios de mes, y cuando escuchaban hablar del déficit presupuestario en que navegábamos, se limitaban a discursos del tipo: «Tranquilo, hijo mío, el Señor aprieta pero no ahoga. Este mes andáis un tanto ajustados, pero ya vendrán tiempos mejores. No perdáis la fe». ¿Mejores? ¿Fe? ¿Para quién? A lo sumo, a ustedes solo les congelan su generosa (y religiosa) paga, pero al resto no hacen más que cobrarles ingentes cantidades de dinero, mientras se ven obligados a luchar por un plato de comida caliente al a. Además de pelear con el Banco para no perder su casa. Pero aquello solo lo pensaba, incapaz —por entonces— de soltarlo por mi boca. A fin de cuentas, era un padre el que hablaba. Un señor de sotana y votos. Se suponía que le debía respeto y que hablaba por el bien de todos.
Total, que esa mañana me encontraba devanándome los sesos para hallar la solución más justa, cuando, de pronto, irrumpió en mi despacho el ministro de interior. Por lo visto, tenía órdenes recién salidas del horno con remitente: Gobierno Central. El maltrecho recitó —atropelladamente— la retahíla de barbaridades que mis oídos se negaban a escuchar para, segundos después, salir del cubículo con ademán de satisfacción y poder repelente que no reflejaba otra cosa que su actitud opresora y conservadora a partes iguales. A todas luces, tenía a mi cargo a alguien del bando opuesto. De nuevo en la soledad de mi confortable sillón de escritorio, lo único que quedaba de confortable entre esas cuatro paredes, además de mis buenas intenciones, las cuales ya me resultaban de dudosa credibilidad, me de caer sobre unos abatidos brazos sobre la carpeta marrón de archivo urgente. Leí sin ganas, y cuando terminé, maldije. Maldito archivo urgente. Cómo iba a comunicar aquello al pueblo, a mi pueblo. Eran vecinos de toda una vida, amigos de la infancia, hijos de nuestros padres; ex profesores…, para mí, una familia. Yo no podía hacerles eso. Me negaba. ¡Hasta a podíamos llegar! Ni de coña. Me negaba en rotundo. Tenía que idear una buena, un plan de los grandes. Un boicot contra toda esa panda de lagartos con traje y corbata. Y estaba dispuesto a hacerlo. Y tanto que sí.
           Cerré la puerta del despacho a mis espaldas a las dos en punto, misma hora de siempre. A diferencia de mi cara meditativa, casi derrumbada y de cansancio debido a la falta de sueño, al salir de la oficina una mueca casi de perturbado de pecula al más puro estilo Stephen King se dibujó en mi rostro. Tenía una idea. Con cien copias de la Constitución en mi cartera, me dirigí a casa en el Audi A5 plateado esperando encontrarme a mi esposa, y señora, con el plato en la mesa, como era costumbre. Estacioné en el garaje de casa, una casa dispuesta en tres plantas con piscina en el amplio jardín. Sí, de algunos lujos dispongo, pero me los recompensa una vida de duro trabajo. «¿Acaso estos pobres obreros que reclaman soluciones no han trabajado duro?», me confrontó de seguido mi Pepito grillo. Mi chaqueta colgaba del antebrazo, del mismo con que portaba el maletín, testigo de injurias indecibles. Con una sonrisa picaresca y gestos triunfales, me permití el lujo de tocar al timbre. Aquel día me recibiría abriéndome la puerta, y le daría un beso de un modo que hacía tiempo no nos dábamos.
—¿Sí? –preguntó extrañada desde el otro lado.
—Soy yo, cariño.
—¿Roberto? –continuó, al tiempo que giraba el pomo—. ¿Olvidaste las llaves…? –dijo al fin, cuando ya nos teníamos frente a frente.
No la de terminar. La abracé con la extremidad que me quedaba libre, acerndola hacia mí con todo el deseo que pude y la besé, como si tuviéramos dieciséis años y no los cuarenta y cinco que ya rondábamos. Varios segundos después, al despegarnos, me miró sorprendida, y yo le rega la sonrisa que apareció en mi rostro tras cerrar la puerta del despacho, la cual casi me hacía sentir más joven y atractivo. 
—Marisa, mi amor, tienes que ayudarme.
Le explique el contenido del odioso sobre marrón. La intuí triste, aunque expectante por saber a cuento de qué mi eufórica alegría. Quepa decir que ella siempre ha sabido cuánto amo yo a mi gente. Cuando terminé de detallarle la primera parte del plan, al estilo patio de instituto, casi ipso facto se dibujó la misma mueca insonora en su cara. Me parec arte de magia que mi epidemia lograse contagiarla. Acto seguido, hicimos las llamadas pertinentes. Agenda, más agenda. Anotaciones: llamar más tarde, ahora no contesta. O: ya hemos dejado mensaje en el contestador. A las cuatro horas de teléfono, el salón de mi casa, que hasta ahora resultaba un espacio ridículamente grande para solo dos personas, se nos quedaba pequeño. Más de cien cabezas sobresaan unas al lado de otras. Arrugadas, maquilladas, cansadas, vivaces, algunas con cierta expresión de temor, la mayoría con sorpresa. Procedí.
               Mis queridos vecinos, pueblo, amigos. Os he reunido aquí para comunicaros órdenes directas del gobierno central. Son las siguientes. Creen necesario, con el fin de combatir esta crisis que nos ahoga cada día más, seguir con una medida estricta de cobros. Sin mayor dilación, procedo a leer las nuevas formas de recaudación.
         A partir de ahora, cada ciudadano que disponga durante más de una hora de las instalaciones de un parque público deberá pagar una tasa por lo que refiere al mantenimiento de dicho espacio: conservación de las plantas, bancos, farolas, papeleras y otros dispuestos para la utilización del ya mencionado lugar. Dicha tasa será de tres euros la hora en municipios de menos de 100.000 habitantes (…)
              Quienes hagan uso de espacios naturales como pueden serlo la playa o montaña para realizar distintas actividades lúdicas y/o deportivas deberán abonar la cantidad según estipulará la nueva ley. Las tasas a pagar, según municipio y actividad, podn sufrir correcciones según época del año, demanda y uso del lugar. Por ejemplo, seis euros la hora por realizar senderismo en nuestras montañas, o siete por practicar escalada en las mismas. Detallaremos con mayor esmero dichas tasas cuando proceda (…)
         Se pasará a cobrar un pequeño impuesto de veinticinco euros mensuales por familia en concepto de información al ciudadano, como puede ser: preguntas a nuestros oficiales en servicio o funcionarios de administraciones públicas, entre otros. Ya que entendemos que es éste un servicio dentro del horario laboral de los trabajadores ya mencionados, el cual debe darse con la mayor atención y calidad posible a nuestro querido ciudadano. De este modo, nos aseguramos de que así sea. Asimismo, el ciudadano tendrá derecho a realizar una queja si el funcionario en cuestión no ha resuelto de manera competente sus dudas (). Siempre pensando en el bien de todos.
                Los merenderos, barbacoas y otros lugares de interés lúdico y público pasarán a tener un coste de uso. Siendo unos cuatro euros la hora de media.
              Seg leyendo las más de veinte ordenanzas que constituían la totalidad del informe. Mis amigos, allí presentes, mudaban su rictus de sorpresa por otro de horror. Incluso algunos se animaban a blasfemar sin tapujo aparente.
 Tras una leve pausa, concluí con el acto y engaño final.
        Para finalizar, les comunicamos que para todas las recaudaciones mencionadas diseñaremos más de veinte puestos de trabajo público por municipio, según extensión del mismo, con los cuales contribuiremos a crear más empleo. Además, todas aquellas familias numerosas con un mayor a su cargo o más de un miembro en situación de desempleo podrán beneficiarse de un diez por ciento de descuentos en todos y cada uno de los cobros arriba detallados. Reciban un cordial saludo. Siempre al servicio del pueblo español.
                   Cogí aire, y retomé la palabra.
                —Os he reunido aquí porque, como alcalde de Tordesillas, me niego en redondo a que esta nueva ley se lleve a cabo, al menos, en nuestro querido pueblo. A fin de cuentas, soy vuestro alcalde y dispongo de cierto poder en nuestra tierra, ¿no es así?
               ¿Y q ha pensado usted, señor Roberto? se adelantaba uno de los vecinos en tono desesperado, mientras otros dejaban de lado su paciencia para entrar en lera.
                  Lo siguiente. He fotocopiado nuestra Constitución. Solo dispongo de cien folios, de modo que compártanlo con el de al lado, por favor.
                  Mi querida esposa hizo la primera tanda de entregas en tres partes. A los de la derecha, izquierda, y a los del centro. Luego, ellos se los fueron pasando unos a otros.
                    —Bien. ¿Ya tienen todos uno?
                    —¡Sí! gritaron al unísono.
                Veamos. Según la Constitución, firmada en el año 1978 y como detalla el arculo 1.18, tenemos derecho a que cualquier cambio en nuestra legislación sea expuesto previamente y llevado a consenso para después votarlo de forma democrática. Por lo que vamos a acogernos a dicho arculo y negarnos en rotundo a esta ley, ya que no ha sido planteada a nuestro ayuntamiento previo a su confirmación. De modo que les informaremos de que no tenemos intención de pagar ni uno solo de los estúpidos impuestos que en esta ordenanza se nos exige. Desde hoy, 14 de abril de 2012, Tordesillas se nombra insumiso fiscal frente a esta absurda medida para afrontar la crisis. Mañana a primera hora, ordenaré a nuestros secretarios que informen de que revocamos dicha orden, que todo va a seguir, si mejor o peor, como hasta ahora y que, si vosotros, mi querido pueblo, estáis de acuerdo, anunciamos nuestro deseo de independizarnos del Estado español y pasar a ser un municipio que se autogobierna sin ayuda de nadie. Y del que sus habitantes son dueños y señores de cuanto se decida llevar a cabo en sus tierras. Que seremos nosotros, y nadie más, quienes decidamos qué hacer y en qué invertir nuestro dinero. Y que si se nos niega ese derecho constitucional y democtico estamos dispuestos a abandonar nuestras casas e instalarnos en cualquier lugar, empezando una vida desde cero, donde nos proveeremos de luz, agua, comida, construiremos nuestras casas, dispondremos de nuestro ganado, fabricaremos nuestros propios trajes, y a todo lo que necesitemos y nos sea necesario. Porque nosotros, pueblo de Tordesillas, no vamos a permitir que nos roben y engañen más. ¿Estamos juntos en esto, querido pueblo? –vociferé con sabor a victoria.
              Mi sonrisa triunfal duró poco más de treinta segundos. Rostros sumidos en el desconcierto, facciones teñidas de zozobra, otras pocas sin expresión, y un silencio que bañaba las paredes de mi salón, empezaron a preocuparme. Busqué a Marisa que, por lo visto, de de estar a mi lado no sé en qué momento de mi discurso. La encontré apoyada en la escalera que sube a nuestra habitacn, con su mano derecha tapándose la boca y a punto de romper en llanto. Definitivamente, me preocupé. Me te lo peor. De repente, empecé a sentirme como un loco redactando un informe en que expresa los motivos por los cuales cree debe concedérsele el alta médica. Mis miedos iban in creciento. Nadie decía nada. Nadie. Nada. Mis ojos se abrían solos y mi boca empezaba a temblar y a exhibirse medio abierta. Mi cara deb de ser todo un poema. Los de las últimas filas empezaron a musitar cosas inteligibles entre sí. Fueron los primeros: una pareja se disculpó, y abandonó el salón otorgando al resto un poco más de oxígeno. Marisa, consternada, los acompañó hasta la puerta. Mi sentido del oído crec en fracciones de segundo, tanto fue así que pude oír cómo el matrimonio García le decía:
        Sentimos mucho la pérdida, Marisa. Era una gran persona. Qué Dios los bendiga.
                    Fue entonces cuando mi querida mujer rompió a llorar sin contemplaciones de ningún tipo. Y tras sus llantos, uno a uno fueron dejando la sala sin mirar hacia atrás, sin mirarme, a mí, a su alcalde. Agachaban sus cabezas, resignados, mientras murmuraban… Hasta solo quedar el joven Iván. Los papeles se me cayeron de las manos, aunque en ese instante hubiera jurado haberlos perdido mucho antes.
                  Señor Rarez, yo le apoyo. Deje que le diga que es usted un hombre valiente y de honor. Ya era hora de que alguien les plantase cara a todos esos sinvergüenzas. Bendito sea usted, señor Roberto. Dígame, ¿cuál es el plan?
                   Supongo que luego de comprobar que no era capaz ni de decir «esta boca es a», Iván optó por continuar con sus ánimos y alma de soldado bolchevique.
                  —Tranquilo, señor Roberto, no se preocupe. La mayoría ronda la tercera edad, necesitan reflexionar. Su magistral discurso los has cogido por sorpresa, ¿comprende? Pero apuesto a que cuando lleguen a sus casas meditarán al respecto y lo llamaran para decirle que es usted un héroe, y que todo el pueblo acepta su propuesta, comandante.
                  Con el alma en los pies, me acerqué al muchacho, toqué su hombro izquierdo con gesto de cariño y le agradecí su confianza. Era demasiado joven para preocuparme por él, pues, con sus solo dieciocho años de edad, juzg normal dejarse seducir por un discurso marxista como el mío. A continuación, fui en busca de mi esposa, que seguía sumida en llantos mientras se abrazaba a sí misma por la cintura, y recibía lo que parecían las condolencias del último matrimonio que abandonaba mi casa. Nuestra casa.
                 —Que tenga un buen día, Rarez. Siempre le recordaremos como el gran hombre que hizo todo lo que pudo por su pueblo soltó la mujer escapando del brazo de su marido, el cual le instaba a marchar a toda prisa.
                 —Marisa¿por qué lloras, mujer?
         Mi atractiva y dulce esposa apenas podía mirarme. Y cuando lo hacía, carecía de convencimiento.
                A las tres semanas, el vicepresidente ya ocupaba el confortable sillón de cuero negro de mi escritorio. Siempre renunc tenerlo de piel, no soportaba la idea de sentarme sobre lo que otrora resultó ser abrigo para un animal. Cuantos ideales que creí me hacían mejor persona lanzados, en un único asalto, por la borda.
                  
               Marisa acude a visitarme cada a. Por su lado, mis vecinos de Tordesillas, hasta lo que sé por ella, pagan todos esos absurdos impuestos mientras, día a a, tienen menos judías calientes que echar al estómago y más peleas con la calculadora para llegar a fin de mes. Los domingos, me trae galletas de chocolate recién horneadas, riquísimas, pese a que la enfermera le tiene advertido que demasiado azúcar puede desestabilizar, más si cabe, mi perturbada persona.

                                                                                  (Mayo de 2013, para Taller de letras, en Blogger).

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